Todos los que nos apasionamos por la acuariofilia conocemos la regla de oro: el pez Betta es un guerrero solitario. Pon a dos machos juntos y la tragedia es inevitable; incluso con las hembras, el cortejo suele ser una danza agresiva de persecución y aletas mordidas. Sin embargo, mi experiencia reciente me ha llevado a filosofar sobre si esa «soledad» es tan absoluta como creemos.
El Milagro en el Acuario Hospital
Hace poco, uno de mis machos enfermó de punto blanco o Itch. Lo veía inactivo, triste, sin ganas de comer. En un movimiento que cualquier manual tacharía de «error de principiante», decidí juntarlo con una hembra que también estaba recuperándose de podredumbre de aleta. Al principio, la apatía era total; él ni siquiera la miraba. Aunque ella literalmente se restregaba en su cara.
Pero al trasladarlos a un tanque más pequeño (Los tenìa en un tanque mas grande preparado para el desove), ocurrió algo que solo puedo describir como un pequeño milagro. Ese pez que parecía entregado a la muerte, de pronto, se irguió. Desplegó sus aletas y branquias con una espectacularidad que no le había visto ni estando sano. El instinto de cortejo, e incluso el de hostilidad, lo devolvieron a la vida. Un dia estaba dado por muerto y al siguiente era un guerrero insasiable.
En esta foto. se observa el macho azul, descansando el fondo del tanque mientras que la hembra roja espera su atención aun sin suerte
La Necesidad de «Socializar» (Aunque Duela)
Investigando más, descubrí los famosos Betta sticks: figuras de plástico que simulan a otro pez. Se recomienda usarlos 10 minutos al día porque, si el Betta no ejercita sus aletas por instinto territorial, estas se vuelven pesadas para el, se debilitan y el pez pierde vigor y salud.
Aquí es donde entra la reflexión antropológica: ¿No nos pasa lo mismo a los seres humanos?
Como dice la Biblia: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gen 2:18). Al igual que el Betta, que necesita de la presencia de otro para mantenerse fuerte y vital, nosotros parecemos estar diseñados para la interacción, aunque esta conlleve conflicto.
El Espejo en nuestras Relaciones
Las relaciones de pareja y los matrimonios a menudo enfrentamos problemas de incompatibilidad y «peleas» territoriales, muy similares a las del Betta que deja sin cola a la hembra. Y sin embargo, hay una belleza cruda en esa entrega:
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Es el macho quien cuida las crías tras el desove.
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Es él quien deja de comer y se debilita físicamente por proteger la vida de sus pequeños.
A mis 36 años, estoy entendiendo que el conflicto no siempre es falta de amor, sino parte del roce necesario de estar vivos. Estar con otra persona puede ser complicado, puede haber fricciones, pero es vital para nuestra salud integral. Al final, el aislamiento total es una forma de morir lentamente; necesitamos del otro para desplegar nuestras propias aletas.
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Una Lección Agridulce
Para ser honesto y transparente en este camino de la acuariofilia, debo contar la otra cara de la moneda. Mientras este macho recuperaba su vigor al lado de la hembra, tuve otro ejemplar enfermo en un tanque distinto. A este segundo pez le apliqué una medicación mucho más precisa y técnica; sin embargo, se quedó solo. Sin ese «estímulo», sin nadie a quien mostrarle sus aletas, se fue literalmente apagando hasta que murió.
Como aprendiz de criador de Bettas, soy consciente de que la biología es compleja y que la muerte de este segundo ejemplar pudo deberse a mil factores que aún estoy por dominar. No pretendo decir que una hembra sustituye a un antibiótico. Pero lo que mis ojos vieron es innegable: la socialización —incluso con sus roces y dificultades— fortalece.
Invitación a la Reflexión
¿Cuántas veces nos encerramos en nuestro propio «acuario hospital», aislándonos del mundo para evitar el conflicto o el dolor? Quizás, al igual que el Betta, necesitamos de ese alguien que nos obligue a desplegar nuestras alas (o aletas), que nos desafíe y nos recuerde que estamos vivos.
El conflicto en nuestras relaciones puede ser agotador, pero el aislamiento absoluto es, a menudo, el paso previo a la rendición.


