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Como ingeniero en computación, mi vida ha girado en torno a las pantallas desde que era niño. Me apasionan, pero hoy, a mis 36 años, confieso que estoy saturado. Vivimos en una era de socialización inmediata donde no contestar un WhatsApp al instante genera fricciones, y donde incluso mis hobbies digitales se han vuelto pesados. Me pasa algo curioso: me encantan los videojuegos, pero ya no soporto jugar más de media hora; el tedio me gana, aunque no tenga nada más que hacer.

En medio de este «asco» digital, entré al mundo de la acuariofilia casi por accidente, buscando una actividad para mis hijos. Lo que no sabía es que estaba construyendo mi propio refugio de paz.

El Acuario vs. La Pantalla

Hoy tengo cinco acuarios y se han convertido en mi espacio Zen. A diferencia de Twitter (o X), donde solo encuentras gente dispuesta a pelear por opiniones sin sentido, el acuario te ofrece una interacción honesta.

Frente a la pantalla, todo es urgente y, a la vez, vacío. Frente al acuario, el tiempo se detiene:

Y es que, sumado a la paz, el acuario es una fuente de pequeñas victorias y satisfacciones que ninguna red social puede emular. Por ejemplo, mi población de caracoles ha explotado: ¡tengo cerca de 200 bebés! Para algunos serán una plaga, pero para mí son una oportunidad. Son limpiadores incansables y un recurso valioso como alimento vivo para tortugas o carpas; cuando ves el potencial económico y ecológico, esos 200 ya no parecen tantos, sino un pequeño «tesoro» en movimiento.

Además, el acuario es un reality show en 4K real:

  • Las Corydoras: Que nadan en formación como aviones de combate en una exhibición acrobática sincronizada.

  • Los Barbos: Los «niños latosos» del tanque, siempre dispuestos a morder y curiosear todo, recordándome que el caos también es parte de la vida.

  • Las Gambas: Haciendo parkour al estilo de Mario Bros sobre las plantas y el sustrato.

  • La dulce espera: Observar día a día a mis dos hembras Guppy, esperando el momento exacto para pasarlas al tanque de maternidad. Esa expectativa te mantiene conectado con el ciclo de la vida de una forma que un «like» jamás logrará.

  • Paciencia y Jerarquía: Aprendí a observar a mis tres hembras Betta en su comunitario. Al principio quería intervenir para que no pelearan, pero entendí que debían establecer su propia jerarquía. Hoy viven en paz, recordándome que a veces hay que dejar que los procesos sigan su curso natural sin intentar controlarlo todo desde fuera.

  • Seres que te reconocen: A diferencia de un jardín (que también amo, como el roof garden que dejé en casa de mis padres), los peces interactúan. Los Bettas, con su fascinante capacidad de respirar aire gracias a su órgano laberinto, llegan a confiar tanto en quien los alimenta que suben a tu mano sin miedo.


 

Acuario especializado en bettas cdmx, peces importados. Iztapalapa.

En esta foto. se observa el macho azul, descansando el fondo del tanque mientras que la hembra roja espera su atención  aun sin suerte

Sifonear como Terapia

Para alguien a quien a veces le cuesta tomar acción o salir del letargo del cansancio mental, el acuario es un maestro exigente. Las plantas son nobles, pero los peces son frágiles. Esa fragilidad te obliga a investigar, a medir parámetros y a sifonear con gusto.

Curiosamente, limpiar el sustrato o alimentar a los peces con mis hijos no se siente como «trabajo». Es un mantenimiento del espíritu. Es el ejercicio de enseñar y disfrutar de cuidar la vida en su forma más pura y lenta.

    Regresar a la «Pescadería» Humana

    Lo recomiendo mucho. Después de pasar un tiempo atendiendo los acuarios, ejercitando a los machos con el Betta stick o simplemente observando el nado de las gambas, algo en el cerebro se resetea.

    Cuando termino de cuidar a mis peces, me siento listo para volver a la pantalla, a esa otra «pescadería» humana llena de gente fastidiada, y seguir ganándome la vida. Porque para sobrevivir al mundo digital, hay que aprender a sumergirse en lo natural.